
Fuimos con Lucio a ver el show de Adriana en el teatro Verdi. Nos preparamos temprano y, anunciándole anticipadamente el evento, la expectativa al aproximarse la hora iba creciendo.
_ Pongámonos perfume; lavémonos los dientes!!!, busquemos la camperita nueva; ensayemos “Para dormir a un elefante” !!_ (así íbamos construyendo la escena de la previa).
Llegamos al teatro que había sido “verdosamente” cooptado por miles de sapos Pepes de todos los tamaños. El asombro de Lu, indescriptible.
Unos minutos de espera y el espectáculo comenzó. Semejante despliegue de música y colores hicieron espejo en la mirada de Lucio que, sin poder contenerse, pegó unos gritos y tomó su carita con sus manos (así como diciendo: no puede ser!!!. Esto es hermoso!!!).
Y mamá babosa en ese momento se emociona y le caen unas lagrimitas. Y entonces mamá canta, canta, mientras él extiende un dedito emulando el micrófono de casa, para que mami cante y prolongue su melodía. De esta forma, juntos, vamos congelando la inocencia, la niñez que no se me pierde a su lado, ni la capacidad de asombro ante una manita que baila, se cierra, se esconde y vuelve a bailar.
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